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Nunca he ido a un retiro ni he practicado yoga, ¿qué puedo encontrarme? Una experiencia en primera persona

Hoy compartimos con vostros el artículo que ha escrito uno de nuestros yogis, Miguel Aguirre Varela, que el pasado fin de semana asisitió al retiro de yoga integral en Granada y que ha publicado en LinkedIn. Estamos muy agradecidos de ser parte del camino del cambio de personas como Miguel, que ya nos ha avanzado que repetirá en Gredos o Almería. ¡Gracias!

Āntarika jñāna (Conocimiento interno)

Muchas veces he viajado, en muchos de aquellos viajes he conocido gente maravillosa, gente con la que compartí momentos irrepetibles y edificantes. Gente a la que le conté mis vivencias y a la que escuché contar sus historias, de las cuales aprendí muchas cosas. En cierto modo, aquellos viajes moldearon lo que soy hoy definiendo partes de mi forma de ser que, sin ellos y sin aquellas personas, hoy serían muy diferentes. Mi retiro espiritual no ha sido una excepción. Es más, yo diría que ha sido mucho más que eso, no sólo he conocido más gente increíble, me he conocido a mí mismo de una forma más intensa y profunda, una forma vedada hasta hoy para mí, reservada a las personas que me ven desde fuera. Me he visto, en definitiva, como si me viese por primera vez y, al mismo tiempo, mirándome desde fuera.

He mirado a la cara a una persona a la que creía conocer con unos ojos nuevos, los ojos del total desapego, los ojos pasivos de quien no espera nada. Momentos de conexión con el cuerpo mediante movimientos llenos de energía, momentos de meditación guiada en los que aparecían ante mis ojos cerrados sentimientos, que creía enterrados, y anhelos, que habían pasado de la frustración a la resignación y que aún me pedían atención de manera silenciosa y no reparaba en ellos.

El inicio del viaje

Todo comenzó una tarde de noviembre en la que me reencontré con la fantástica Jenifer Humanes de Antonio. Tuvimos una conversación acerca de uno de los viajes que organiza con Yoginzen, su proyecto, para celebrar el año nuevo en Nepal, entre finales de diciembre y la primera semana de enero. Me habló del viaje y de lo que estaba planeado, pero ya tenía organizada la salida de año con mi familia y me lamenté de no poder ir allí. Después me dijo que en España también hace retiros de Yoga y Mindfulness y que el primero de muchos sería el fin de semana que comienza el 7 de febrero. El brillo de sus ojos y la emoción con la que me lo contó me hicieron dar una respuesta de la que siempre estaré orgulloso: “por supuesto que iré”.

Cuando se fue acercando la fecha volvimos a hablar del viaje pendiente de febrero en un enclave muy especial, llamado Las Cuevas De La Luz, cerca de Bácor, en la provincia de Granada. Todo fue según lo previsto y el día 7 me lo tomé de vacaciones para hacer aquel viaje con calma, llegar con tiempo y disfrutar también del paisaje de la sierra andaluza, Cazorla, que debía atravesar para llegar. Fue un viaje sencillo, mi música favorita, mil lugares donde hacer una parada disfrutando del cálido sol de febrero y una sensación desconocida para mí: “¿qué encontraré allí cuando llegue?”. En mis incontables viajes llevaba una incertidumbre similar, con la diferencia de que, en este caso, no podía prever ninguna de las cosas que podían ocurrir, era un viaje muy distinto a los que había hecho y algo dentro de mí lo sabía. Por esta razón, nunca hubiese podido imaginar una respuesta hasta que emprendí mi regreso el domingo. Yo llegué el primero y allí estaba nuestra instructora, cuidando los detalles para que todo saliese bien, risueña y feliz, como suele ser ella. Pude disfrutar de un té, de su compañía y de una agradable charla mientras esperábamos a nuestro compañero, Mariano, que venía de Murcia, y nuestras compañeras, Paloma y Mª Cruz, que venían de Sevilla. Llegaron casi al mismo tiempo y con margen para empezar nuestra vivencia, empezaba así nuestro viaje común.

La alianza

En la presentación nos contamos quiénes somos, qué nos ha traído y qué esperábamos de aquellos días. Hubo diferencias en nuestras expectativas, desde conocer qué es eso del Yoga, ya que yo no lo conocía más allá del mero nombre y el famoso y gran desconocido Saludo al Sol, hasta desconectar y desacelerar la vorágine del mundo que nos rodea. Una de ellas fue común: disfrutar esta nueva experiencia. Nos hicimos peticiones y con ellas formamos una alianza que perdurará más allá de nuestros días en este retiro, unas máximas que respetaremos cuando la vida nos vuelva a unir. Después de este primer contacto fuimos a disfrutar de una fantástica cena preparada por la familia anfitriona, dueña del lugar, personas encantadoras y dedicadas en cuerpo y alma a dar lo mejor de sí mismas. Artur, siempre atento a cualquier cosa que necesitáramos, y Lourdes, con una mano exquisita en la cocina que nos fue deleitando, durante toda nuestra estancia, con un menú vegetariano que sería la envidia de grandes de la cocina. Formaban un tándem perfectamente engranado, se entendían con muy pocas palabras y, a veces, con solo mirarse. Un baile preciso que hacía que, al apartar la vista un momento de la mesa, apareciese todo perfectamente colocado como por arte de magia.

La conexión

Al día siguiente empezamos con una sesión de Yoga. Me limitaré a decir que hay que vivirlo para conocerlo, no hay palabras para describir esa sensación de conexión y paz interior que me embargó durante todo el día. Tras esta sesión fuimos a recorrer un lecho de un río donde hicimos nuestra primera meditación al aire libre, en un lugar donde aún se percibía la fuerza del agua, otrora acariciado por el paso del agua en su camino desde las montañas que nos rodeaban hacia el mar, muy lejos de allí. Ese fluir lo sentí dentro de mí cuando, con los ojos cerrados, observé pasar mis pensamientos sin aferrarme a ellos, dejando que viniesen a mí, sin juicios y con la misma libertad para irse que la que los hizo aparecer. 

De este punto pasamos a un mirador impresionante, un acantilado con un pantano en su base desde el que se veía casi toda la comarca, con sus pueblos y casas y los campos entre ellas. Aquí hicimos una dinámica de Mindfulness con la que aprendí a imprimir a mi vida una velocidad en lugar de adaptarme a la que ella me imponía desde fuera.

A nuestro regreso nos esperaba un nuevo mundo de sabores de la mano de Lourdes y Artur, momento que dio paso a un pequeño descanso libre en el que yo fui a leer a mi dormitorio. Por la tarde Jenifer nos deleitó con un relato acerca del Yoga, el origen y los conceptos principales que conforman esta inmensa filosofía, dando pinceladas que nos invitaran a investigar más si quisiéramos. Aprendí que el número 108 tiene algo especial y que existen 8 pasos para alcanzar Samadhi entre otras muchas cosas más. Hicimos después una meditación guiada de Yoga Nidra, tremendamente reparadora y profunda que me llevó a un estado de calma consciente que jamás había experimentado en todos mis intentos de meditación previos.

Tras otra maravillosa cena nos fuimos a dormir en las estupendas habitaciones, huecos excavados en la cueva perfectamente decorados con maderas naturales que desprendían un olor característico. Después de la correspondiente ducha me metí en la mullida cama disfrutando del silencio, roto tan solo por el sonido de la estufa de leña que le daba a la estancia la temperatura justa para descansar.

El fin del camino

En la mañana del domingo continuamos con nuevas y reparadoras sesiones antes del desayuno para, mientras respetábamos nuestro cuerpo y dejábamos que la digestión tuviese lugar, volver a los Senderos del Yoga, una charla dinámica en la que resolvíamos dudas y preguntábamos curiosidades, a las que Jenifer contestaba con el entusiasmo contagioso de quien habla de algo que le llena profundamente y que le hace feliz cada día, como es el caso de nuestra instructora, compañera de viaje y amiga. Yo era el único lego en la materia, nunca había leído, aprendido o practicado nada de Yoga, pero descubrí las similitudes del Hinduismo y la filosofía que abracé hace años, el Taoísmo, y pude resolver dudas acerca de este y otros muchos temas.

Tras la charla volvimos a la esterilla para realizar de nuevo el Saludo al Sol y despertar de nuevo todo nuestro ser y nuestra conciencia antes de compartir mesa de nuevo, la comida de despedida. Antes de sentarnos a la mesa pusimos en común la alianza que habíamos hecho el primer día, comprobando que se había cumplido, y nos dijimos mutuamente lo que nos habíamos hecho sentir durante nuestro retiro. 

La hermandad

Aún resuenan las risas, las emociones y las enseñanzas de aquellas maravillosas personas con las que compartí este bonito viaje y perdurará en mi corazón la calidad humana que desprendían con cada palabra, cada mirada y cada sonrisa que me dedicaron. Ojalá aquel viaje no hubiese acabado nunca, pero como en la fábula de El Anillo Del Rey, “esto también pasará”. Me queda el recuerdo, las ganas de repetir y, por supuesto, me quedará por siempre esta inmensa gratitud al universo por haber puesto en mi camino a tan inconmensurables personas.

La meta es el camino, ojalá el próximo lo comparta contigo y podamos impregnarnos de aquello que las letras no pueden transmitir.

Namaste shanti, gracias Jenifer, Mariano, Mª Cruz, Paloma, Lourdes y Artur

¿Viajamos?

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Jenifer Humanes
Jenifer Humanes
info@yoginzen.com

Coach ACC ICF autoconocimiento y desarrollo personal. Instructora Mindfulness y Yoga. Emprendedora y directora Yoginzen.



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